Tjurna Djugurba (Las pisadas de los antepasados) 1998

Tjurna Djugurba (Las pisadas de los antepasados) 1998

LOS DIOSES VOLVIERON AL CIELO

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Tras una larga temporada aquí, los antepasados decidieron volver a su casa, más allá del incendio rojo del poniente, siempre hacia el oeste. Quedó el recuerdo y muchas huellas. Más tarde, casi nada. Siguieron oyéndose cantos aborígenes que hablaban de ello, pero ya sólo eran objeto de curiosidad o estudio. Hubo antropólogos que pretendieron rescatar su memoria transcribiendo los cuentos que hablaban del dios marsupial que había bebido agua mala en las pozas excavadas por la mujer lagarto y que luego, dormido entre las matas de espinifex, se había convertido en unas piedras suaves al tacto, tres piedras, nadie sabe por qué. Alguien las encontró cerca de la Peña de Ayers, les puso nombre y decidió que eran vitales para los hombre. Perderlas era como perder el alma.

Leímos en la adolescencia cosas como éstas sobre los aborígenes australianos, y nos parecían maravillosas en su simplicidad, aunque sólo aptas para disfrutarlas determinados días: tal era su aspereza. Más tarde supimos algo más concreto sobre los pueblos que las habían creado. Vimos fotos, películas, documentales. Eran gente desnuda y oscura, cazadores y recolectores casi paleolíticos, expulsados de sus tierras por los blancos, oprimidos, reducidos al gueto del desierto. Hombres, mujeres y niños tan atareados sobreviviendo que apenas tenían arte, aunque no les faltaba el sentido del orden, el ritmo y la proporción que están en el origen de toda creación humana.

Ahora, Manolo Gallardo recupera ese mundo, pero no el terrestre, el de los hombres barbudos y de nariz chata, sino el celeste, el de unos dioses lampiños de nariz aguileña que flotan en un paisaje ardiente. Si embargo, en su obra se aprecia mucho más que un deslumbramiento ante la revelación de una cultura tan pura como la de los que velan el sueño de las hormigas verdes, que ha fascinado a otros artistas. En la obra «australiana» de Gallardo cada cuadro, escultura e intervención sobre el espacio, se alza sobre el pedestal de la herencia megalítica, cretense, maya y expresionista.

Hay una película inquietante de Robert Altman, titulada  “Tres mujeres” (1977), una de cuyas protagonistas, la más misteriosa, pinta incansablemente fondos de piscinas. Los va llenando con un universo de figuras enigmáticas muy estilizadas, planas, violentas, agresivas y terribles, que expresan los conflictos interiores de la autora de modo metafórico. El estilo y la iconografía de estas pinturas recuerda las culturas precolombinas y también la clase de figuras humanas que expone Gallardo ante nuestros ojos en esta ocasión, aunque las de Gallardo están exentas de virulencia y parecen pertenecer a un mundo más placido, se diría que sin tensiones, aunque muy complejo. Un mundo sumido en una beatitud  al menos aparente: la naturaleza no esta en peligro. La naturaleza parece gozar de buena salud y tiene un color alegre, la tierra está roja y quemada, pero en ella abunda unagua intensamente azul.

Los dioses humanos o los hombres divinos de Gallardo buscan agua como rabdomantes, se pintan el cuerpo con arcilla, salen o entran en círculos primordiales, consultan espirales, flotan entre lunas o se aman sin violencia, ensimismados, sin ojos. Puros perfiles mayas, presiden el mundo sin cambiarlo seguramente no por indiferencia, porque si se rodean del esplendor visual que nosotros advertimos en su medio como espectadores, es porque ellos quieren que el cosmos sea orden y luz. Pero los dioses también tienen miedo, van a extinguirse y lo saben, se convertirán en objetos de ciencia y recreación.

Tratan de conjurar ese destino erigiendo bellísimos monumentos totémicos que se miran en el suelo como en agua pero con un reflejo más efímero que la luz, el reflejo de la arena de colores, que el viento destruirá enseguida. Y a otro se le ocurre burlar la destrucción ocultándose en una espiral que no conduce a ningún sitio sino al propio centro del camino, trazado con ídolos o totems diminutos de todas las tribus, de todas las posibilidades imaginadas por los suyos. Mientras se interna en el exiguo laberinto, quizás nos mira, pero no es probable porque los dioses sólo miran hacia dentro del cuadrado o hacia los lados, no a su contracampo. Son bellos y adorables pero van a la suya. Por eso acaban mal: no se puede ser tan arrogante, so pena de acabar colgado en una pared sobre el sofá.

Todo esto no es aborigen de Australia sino de los vanguardias, del Arte Déco y de la Ilustración de los libros del siglo XIX. Del Arte Déco ve esa furia de colores reducida a límites estrictos mediante el empleo de la línea recta y la curva, combinadas con un sentido del ritmo y una libertad propia de quien no está atado a otra exigencia que su voluntad soberana. Los cuadros de Manolo Gallardo son fragmentarios porque él ha decidido que lo sean, como los de Gustav Klimt, y son textiles por la misma razón. No hay en esto ni una pizca de primitivismo o de ingenuidad. Los dioses fueron expulsados hacia tiempo: quedan los artistas con los restos de las divinidades entre las manos, entregados a la tarea de reciclar para nosotros lo que sea posible y lo que a ellos les parezca.

Del magma postmoderno está surgiendo una nueva tendencia a reciclar los mitos sin triturarlos, una práctica que siempre estuvo presente en el arte occidental. Este trabajo de Gallardo recreando huellas suntuosas de una cultura a partir de una ensoñación, con sus monumentos iniciáticos, sus relatos, sus fetiches y sus sueños, más allá de lo puramente decorativo, es una muestra estupenda de ello. Y se ha llevado a cabo con tanta honradez y precisión que uno piensa que quizá no carezca, además, de alguna cualidad mágica. Todo arte que se precie ha de aspirar a introducir en el mundo un asidero que nos ayude a cruzar sobre el abismo.

 

PILAR PEDRAZA

Valencia, abril de 1998

 

Pilar Pedraza. Doctora en Historia y profesora de Historia del Arte de la Universidad de Valencia. Escritora de culto y creadora de atmósferas inquietantes.